Cucú…

Hoy vamos a jugar a un juego muy divertido, mes amis. O quizá debería decir: «cachorritas mías». ¿Por qué cachorritas? Pues porque ese juego consiste en que hoy, como regalo de despedida, no me voy a tomar la molestia de camuflar mi estilo. Que tampoco es que me haya molestado en alterarlo mucho hasta ahora, salvo por un par de «palabros» franchutes aquí y allá, pero está claro que los árboles no os dejan ver el bosque. O a la pava francesa, ya puestos. Y mira que es fácil, ¿eh? Muchos de los que me habéis puesto de color verde menta con toques de eucalipto salvaje me habéis leído mil veces. Y hasta habéis hablado conmigo en persona, y os aseguro que hablo exactamente igual que escribo, como sabe cualquiera con dos dedos de frente que me conozca en las dos vertientes. Y no me refiero a escribir novelas, sino a cualquier comentario, mensaje privado, entrada de un blog o correo electrónico. Tengo una voz perfectamente distinguible, y os aseguro que muchos son capaces de reconocerla sin ningún problema y con solo un vistazo.

Pero, claro, para reconocer un estilo hay que saber leer. Y la inmensa mayoría de vosotras no tenéis ni idea de lo que es eso. Estáis demasiado ocupadas mirando vuestros propios ombligos, agobiadas y cabreadas por diminutos agravios que no tienen ni la más mínima repercusión en el mundo real.

¿Os han ofendido mis críticas? A mí me ofende vuestra falta de sensatez, vuestro gregarismo terminal, vuestra absoluta falta de sentido común. A mí me ofende que día sí y día también aparezca una analfabeta funcional presumiendo de escritora, cuando es incapaz de distinguir un narrador de un enfoque, una escena de un capítulo o una be de una uve. A mí me ofende que día sí y día también os comportéis como chonis poligoneras, lanzándoos puñales unas a otras en las redes sociales y perpetuando la idea de que todas las que escriben romántica no son más que tías muy aburridas que no tienen nada que hacer cuando dejan a los niños en el colegio.

¿Queréis dignificar el género? Pues empezad por tener dignidad.

Empezad por no criticar a todo cristo viviente por privado y luego rasgaros las vestiduras cuando alguien hace esas mismas críticas en público. Empezad por reconocer que lo primero que hay que hacer para que un género sea algo digno es limpiarlo de polvo y paja, y en la romántica española cada vez hay más polvo y más paja. Y sí, podéis tomarlo por un chiste sexual. Iba con toda la mala idea del mundo.

Alguien acusa a alguien de ser yo —y me vais a perdonar, pero hay días en que incluso ni yo puedo estar a la altura de mí misma, mucho menos vosotras— y se monta el Belén en todas las direcciones posibles. Se habla hasta de demandas. Vamos, no me jodas. ¿Qué vais a decirle al juez? «Señor juez, señor juez, me han acusado de ser una delincuente que hay en la blogosfera». «¡No me diga! ¿Y qué hace? ¿Pirateo? ¿Trata de blancas? ¿Terrorismo?». «No, no. Hace… ¡criticas! ¡Unas positivas que no lee nadie y unas negativas que todo el mundo comparte por privado!».

Uuuuhhhhh, qué miedo.

Aprended a aceptar las críticas y reconoced la verdad que hay en ellas si procede, o ignoradlas si no procede, pero dejad de agitar las plumas como gallinitas taradas pidiendo cabezas aquí y allá, porque siempre ha habido críticos y siempre los habrá, y una crítica negativa, por dura que pueda ser, no significa que su autor sea un resentido o tenga mala baba. En mi caso, significa que estoy hasta las narices de tanta tontería y que me estoy hartando de ver cómo os estáis cargando el género barriendo la mierda debajo de la alfombra. Si queréis ver un motivo oculto en mis críticas, adelante. Hace muchos años que aprendí que la opinión que los demás tienen de mí no es asunto mío de ninguna de las maneras. Además, para entender mis motivos, tendríais que saber quién soy, y a pesar de que no me estoy molestando ni lo más mínimo en esconderme, porque me tira de un pie el tan cacareado anonimato, estoy convencida de que no aparecerá en ninguna de las quinielas mi verdadero nombre. Que, por cierto, no uso porque no me sale de las narices, como no lo usáis muchas de vosotras, y porque lo que me interesa es que os centréis en el contenido de las críticas, no en los supuestos —y falsos— agravios que me han podido llevar a ellas. ¿Qué es un nombre, al fin y al cabo? No es ni mano, ni pie, ni brazo, ni rostro, ni parte alguna que pertenezca a un hombre. ¡Oh, sea otro nombre! ¿Qué hay en un nombre? ¡Lo que llamamos rosa exhalaría el mismo grato perfume con cualquiera otra denominación! Buscad vosotras mismas el origen de la cita. Si es que no la conocéis, que deberíais…

Trabajad con humildad y dejad de creer que el universo gira a vuestro alrededor, porque no es así. La teoría heliocéntrica data del siglo XVI, aprendéosla de una buena vez.

Comportaos como profesionales y se os tratará como profesionales.

Así se dignifica un género, y no haciendo declaraciones rimbombantes a golpe de silbato y regalando pollas de caramelo.

Un poquito de sensatez. Un poquito de autocrítica. Un poquito de… un poquito de por favor.

À bientôt, cachorritas, os dejo y me dedico a otros menesteres, que clamar en el desierto me deja afónica y odio la miel con limón.

Té crítico con Calendar girl

 

Bon jour, mes amis.

Hacía mucho que no os invitaba a un té, pero es que, como ya os comentaba a través de la red, abandoné dos de mis últimas lecturas y esta, la que hoy os presento, me ha tenido tan espantada, que he tardado algún tiempo en recuperarme.

calendar girl

Ni siquiera estoy segura de poder escribir una crítica en condiciones o como mínimo una reseña en profundidad. Non, porque el despropósito es tal, que lo único que busca mi revolucionario corazón es encontrar culpables que reciban la cariñosa caricia de Madame Le Guillotine. Después de mucho meditarlo, y de acudir incluso al original en inglés para comprobar algunas frases cuya traducción me pareció, digamos, «creativa», he llegado a la conclusión de que la primera que debe caminar hacia el cadalso es la editorial por haber seleccionado este horror para su publicación. También la empresa que hizo la traducción (Traducciones imposibles, S.L., cuyo nombre ya debió darme una pista), pero me reservo mi sentencia con respecto a ellos, porque entra dentro de lo posible que siguiera instrucciones de la propia editorial. Por supuesto, el absoluto surrealismo de la trama, su inconsistencia y su falta de credibilidad son achacables únicamente a la autora, pero la traducción no hace sino empeorar un producto que ya era malo en origen.

He leído libros buenos y libros malos. Libros fabulosos y libros horribles. Y luego está esta novela. Y la llamo «novela», porque llamarla «sucesión de escenas ridículas hiladas sin gracia por una trama que hace más aguas que el Titanic» es demasiado largo, pero, en realidad, se trata justo de eso.

Y es que veréis, mes amis, en esta saga (porque, por supuesto, son varios libros. No vamos a hacerle una promoción desaforada a una sola novela. Mejor cuatro, así exprimimos al máximo al lector) la protagonista es una escort de lujo, una acompañante profesional. Para los que estáis pensando en Pretty Woman, no es lo mismo: la protagonista de esa película era una prostituta de la clase más baja a la que le toca la lotería, en un cuento de hadas difícilmente creíble, pero más o menos bien llevado. Al decir «escort» hablamos de mujeres muy cultas, muy elegantes y muy preparadas, que cobran una fortuna por sus servicios, y estos pueden o no incluir sexo. Justo todo lo que no es y no hace la protagonista. Ya os he hablado en alguna ocasión de la suspensión de la incredulidad, non? Pues aquí la única que suspende es la autora en técnica literaria y conocimientos del mundo que pretende recrear. Porque, con toda sinceridad, si yo soy un multimillonario que contrata los servicios de una escort que poder llevarme a fiestas de la alta sociedad sin que desentone, pago cien mil dólares (sexo aparte) por sus servicios durante un mes y me envían a la doble guapa de Belén Esteban, pero en una versión todavía más vulgar, primero pido que me devuelvan el dinero. Lo siguiente sería plantearme una demanda por daño moral irreversible. Sé que la suspensión de la incredulidad tiene que ver más con la verosimilitud que con la veracidad, pero aquí no ocurre ninguna de las dos cosas: es increíble, inverosímil… y bastante absurdo. Con deciros que hubo un momento a lo largo de la lectura, que llegué a pensar que me estaba enfrentando a una broma, una bastante pesada y que ni con todo mi sentido del humor alerta podía llegar a entender, creo que ya os lo cuento todo…

Por supuesto, como nos lo quieren vender como novela romántica, ya vemos desde el principio que se va a enamorar de su primer cliente. ¿Cómo o por qué? Ah, je ne sais pas… Tendrá algo que ver con el hecho de que no tenía pensado tener sexo con ninguno de sus clientes, pero este es el que le hace romper la norma a las primeras de cambio y que, a partir de ahí, esa norma rota pasa a ser norma general y a nadie le amarga un dulce, non? Como diría el gran Marx (Groucho, no Karl, que le pega más a la lógica de la historia) «Estos son mis principios, si no le gustan, tengo otros». Y los principios de la joven damita son bastante extraños, mes amis. No sé si es error de la traducción, porque aunque acudí al original no tuve valor para más que para comprobar algunas frases puntuales, pero encuentro un poco curioso que cuando el joven caballero del que, sin duda, terminará enamorada, le pregunta si ha estado con otros hombres, ella responde que no, y recalca en una acotación para el lector poco avezado que es verdad, porque, aunque ha tenido sexo con su siguiente cliente, lo ha hecho con preservativo. Ya tengo mis años y he escuchado y dado tantas excusas como el que más, pero eso de «si es con condón no cuenta» no lo había oído jamás. Félicitacions, mademoiselle, habéis conseguido sorprenderme, y os aseguro que no es tarea fácil.

Hay muchos más detalles absurdos, muchísimos. Nada en el argumento, en los personajes o en su forma de actuar tiene el más mínimo sentido. Podría poner decenas de ejemplos: sus clientes firman un contrato por el cual, si hay sexo, ella recibe un veinte por ciento más en su cuenta bancaria. Sin embargo, cuando sus dos primeros clientes le ingresan ese importe, ella se ofende porque no es una prostituta, porque lo hizo porque quiso. Intentaré explicar esto, por difícil que sea: si tú tienes un trabajo en el que decides o no tener sexo con alguien, y si decides tenerlo cobras un extra, ejerces la prostitución. Será una prostitución de lujo, será algo menos sórdido que un encuentro furtivo en un motel barato o en un callejón, pero sigue siendo prostitución. Y si lo pone en tu contrato, y los clientes te contratan con esa condición, es lo que hay. Si no, deja claro que no vas a tener sexo. Si después lo haces, será cosa tuya, pero no tiene nada que ver con tu trabajo.

Supongo que es un pobre intento por parte de la autora de no meterse en algo tan polémico como puede ser la profesión más antigua del mundo, pero se queda en eso: en pobre intento. También resulta curioso que ella se esfuerce en no enamorarse de su primer cliente (sí, de ese que acabará enamorada), pero cuando el segundo, un compatriota francés, le explica su teoría sobre que él no folla, hace el amor (oh, Grey, le han dado la vuelta a tu frase), y para eso quiere enamorarse de todas las mujeres que pasan por su cama y que ellas se enamoren de él, cambia el registro por completo. Ahora «hace el amor». Pero, eso sí, sigue sin querer enamorarse de «Monsieur enero», porque no es el momento, que le quedan muchos más clientes. Once clientes más, uno por mes, y no, no seré yo quien lea los siguientes meses. Nota al margen sobre esto de dividir la novela en meses: he leído por ahí que os parece muy original. Mais non. Hay decenas de autores que han usado esa división por meses o por estaciones (así, sin pensarlo mucho, Stephen King, por ejemplo) y aquí solo ocurre porque, en su origen, eran relatos cortos que después se juntaron para hacer una novela, doy por hecho, habiéndolo leído, que copiando y pegando sin más. Lo que ya de por sí debería dar una pista de la calidad de la estructura narrativa o del ritmo de la historia…

Siguiendo con los detalles inverosímiles, me ha encantado que un prestamista criminal, capaz de dejar en coma al padre de nuestra valiente damita protagonista, pacte con ella doce cómodos plazos sin intereses. Chevarelesque, non? Muy caballeroso.

No resulta increíble, pero sí un poco sorprendente, que la mujer que no iba a tener sexo con ninguno de sus clientes, después se excite con todos y cada uno de ellos, gays incluidos. Que es mirarlos y sentir hormigueos y cosquilleos por todas partes. O por alguna en concreto que no nombraré, porque yo, a diferencia de ella, sí soy una dama.

Y también es maravilloso, sobre todo para la joven dama, que todos sus clientes sean encantadores, guapísimos, très sexys, musculosos, bien dotados y unos auténticos artistas sobre el colchón. Un plus a una profesión más que bien pagada, diría yo…

Ni me voy a molestar en hablaros de las escenas de sexo, porque tendría que contaros prácticamente toda la historia y, además, sería muy, muy aburrido. Porque, para ser erótica, la narración de las escenas sexuales despierta poco más que bostezos. Aportan poco o nada, son poco más que ejercicios gimnásticos salpicados de palabras de cuatro letras regadas aquí y allá, dos o tres tacos, un par de gemidos y varios orgasmos. Y, por supuesto, como el resto de la narración, con frases de menos de diez palabras, no vaya a ser que el lector pierda el hilo si subordina un poco o aporta un par de adjetivos. Que hay que leer el libro poco a poco, porque se puede terminar hiperventilando con tantas pausas en la narración. Y esto no sé si es culpa de la traducción, o ya era así de pobre en el original.

De todos modos, mes amis, y como ya os he hablado bastante de la «trama», os diré que es aquí, en la traducción, donde la novela consiguió horrorizarme, enfadarme, ofenderme y hasta hacerme reír a carcajadas, dependiendo del momento. Lo que, teniendo en cuenta que es una novela erótica, y que lo que debía era parecerme ardiente o excitante, es un poco triste. Très pathétique.

Haré un inciso antes de comentaros los horrores más llamativos, porque no puedo ni deseo callarme. No sé si ha sido iniciativa de los traductores o una sugerencia por parte de la editorial para adaptarse a su línea habitual y, en realidad, no quiero saberlo, pero la traducción es una auténtica vergüenza y no hay otra manera de definirla. Si el original ya es vulgar y ya utiliza palabras fuertes o malsonantes, al traducirlo han conseguido hacerlo todavía más barriobajero, basto, chabacano y ramplón. No sé si piensan que así es más «fresco», pero se equivocan, porque es justo todo lo contrario: más que fresco, apesta a rancio; no sé si creen que ese es el nivel de vocabulario que manejan sus lectores, pero a esta lectora le parece un insulto a su inteligencia; no sé si tienen la impresión de que es más erótico así, pero ya os he dicho más veces que el erotismo no es solo meter el objeto A en la ranura B y jadear entre exabruptos. Eso no es erotismo, es montar un mueble de IKEA.

Me consta que es la línea que suele seguir esta editorial, pero confiaba en que, al invertir en un producto que se promociona como «un fenómeno mundial», «tan dulce y caliente que tu libro podría fundirse», las cosas fueran un poco diferentes. Y también, inocente de mí, que cuando un ebook cuesta diez euros, el contenido esté a la altura de ese precio. Pero no, parece que seguimos con la publicidad engañosa, con el poco acierto al elegir las publicaciones y con el por dinero todo vale. Lo que os decía, mes amis, una auténtica vergüenza. Malas tramas, mala narrativa, peor vocabulario y todavía peor traducción. Y a un precio insultante. Eso no solo hunde un género, molesta al auténtico lector, que se siente no solo estafado, sino también insultado.

En fin, para terminar, os dejo algunas perlas de la traducción, que creo que hablan por sí solas, aunque no me resistiré a comentar algunas.

Empecemos por la frase «I hopped over to the toilet seat, sat my towel clad fanny on it, then grabbed my phone and stared at the screen», que se convierte en «Me apresuré hacia la tapa del váter, senté mi breva tapada con una toalla sobre ella, cogí el móvil y miré la pantalla». ¿Breva? Mon dieu! Había oído hablar de «higos», pero aquí hemos pasado de higos a brevas y cumplimos con el refrán. Se me ocurren sinónimos más vulgares que higo o breva, pero pocos, la verdad.

«Finger myself» pasa a ser «sobarme el toto», que creo que no necesita más explicación. Si antes os digo que se me ocurrían sinónimos más vulgares que breva…

Pero no solo los genitales femeninos encuentran su sinónimo más barriobajero, non. También tenemos un «thick cock», que podríamos traducirlo literal y habitualmente como gruesa polla, que se convierte en tranca gorda, que no estoy muy segura de si es vulgar o tan solo infantil.

Y especial mención merece «tiny rossete», refiriéndose al ano, que aquí se ha traducido por «asterisco». Y espero no tener que usar muchos asteriscos en el futuro, porque jamás volveré a mirar esa tecla con los mismos ojos.

Sin embargo, y entre toda esa vulgaridad, nos encontramos con un refinado «Procedió a metérmela» que consiguió arrancarme una carcajada. Si he visto una frase poco erótica, debe ser esa. No suena más ginecológico porque no aparecen aparatos de exploración vaginal, pero tampoco me habría sorprendido si así fuera.

Y esto solo son pequeñas perlas de una traducción salpicada de vulgaridades de, y perdón por mi propia vulgaridad, choni poligonera, en una trama que no se sostiene ni con cola de contacto y unos protagonistas tan irreales que dan ganas de llorar.

Gracias a la editorial por vender esta joya, que me hará apreciar mucho más mi próxima lectura. O las próximas cien.

Té crítico con Encrucijada

Bon jour, mes amis

Hoy no me voy a detener mucho a saludaros, porque bastante voy a escribir en la crítica. Así que vamos allá. Sentaos, servíos té y unas pastas. Pero cuidado, podéis atragantaros.

encrucijada

Si os soy sincera, me planteé hacer un análisis detallado de la obra, señalando cada error técnico, cada fallo ortográfico y semántico garrafal, pero ¿merece la pena? Non! De ninguna manera, mes amis, porque si lo hiciera de ese modo, tendría que copiar a mi admirado Dumas y publicar la crítica por entregas, ya que sería demasiado para un solo té.

De todos modos, como ya sabéis que me gusta aportar datos, os repito lo que ya he comentado en las redes: abnegar en lugar de anegar, erguir en lugar de erigir, campear en lugar de capear, infringir en lugar de infligir, ventanas opacas a través de las que se puede ver, en una clara confusión con «traslúcidas»… Y no os voy a contar todas las comas que sobran y faltan, porque me llevaría mucho más tiempo del que dispongo. Hay comas separando el sujeto del verbo, comas de vocativo que han desaparecido, interjecciones a las que no sigue ninguna coma, puntos y coma donde debería ser una coma sí o sí… si os soy sincera creo que las comas fueron puestas después de terminar la novela, y se dejaron caer sobre el texto como quien siembra margaritas.

Sin embargo, podría haber perdonado todo esto. Incluso podría haber perdonado el uso de palabras como «ósculo» o «vulva» que, sí, son correctas y se usan en el contexto que deben usarse, pero que resultan cuando menos extrañas en un texto romántico y más un texto romántico actual. Y ya no digo nada de la frase «su falo penetró sus pliegues vaginales» porque tuve que pedirle a Sir Percy que me acercara las sales.

Pero hay algo que no puedo perdonar. Non, non. Ni aunque la propia autora me lo suplicara. Y es la absoluta, total, definitiva e innegable falta de coherencia de la historia y del universo en que se desarrolla. Una falta más grave, si cabe, porque el universo lo ha creado ella, y nadie mejor que ella debería conocer sus normas. Veréis, mes amis, he escuchado muchas veces a algunos autores decir que «escriben fantasía para no tener que documentarse». Claro. La fantasía es fácil. Cualquiera puede escribir fantasía. Solo hay que inventarse las cosas y ya está, d’accord? Non! No, no, y mil veces no. Hay que crear un mundo, dotarlo de vida y hacerlo coherente. No os hacéis una idea de la cantidad de bibliografía que se puede encontrar sobre la creación de mundos. Es muy difícil hacerlo y más difícil todavía hacerlo bien. Ha habido grandes creadores de mundos, tanto de fantasía como de ciencia ficción. Podéis no ser admiradores de Tolkien, pero su mundo es amplio, coherente, con buenas bases, bien desarrollado… Tampoco es necesario llegar al punto de crear una mitología completa y varios idiomas, pero sí hay que exigirse un mínimo de estudio y planificación. Al menos, todo tiene que tener sentido. No es necesario que sea factible (la magia es lo que tiene, mes amis), pero sí tener sentido dentro del contexto de la obra. Y, por supuesto, si el autor se basa en un universo preexistente, debe respetar sus reglas. Esa es la diferencia entre la ciencia ficción y la fantasía: en la fantasía las reglas las crea el autor y pueden suceder cosas imposibles en nuestro mundo. En la ciencia ficción, debe presentarse una premisa plausible, basada en las normas que rigen nuestro universo, prever un futuro quizá lejano, pero posible.

También es necesario, aunque no aparezca en la novela (algún día hablaremos de los iceberg…), que el autor conozca la historia de su mundo, su filosofía y religión, su tecnología, su forma de gobierno, su extensión, qué moneda o tipo de intercambio económico se utiliza, cómo son las relaciones interpersonales, qué se come, qué clases sociales hay, qué conflictos o acontecimientos han llevado a la situación actual… Y un largo, larguísimo etcétera.

Y todo este discurso, mes amis, sirve para explicar por qué esta novela es incoherente y absurda: porque no se ha planificado el mundo en el que se basa y, a partir de ahí, todo se desmorona. Por una vez, y espero que me perdonéis, me voy a apartar de lo que debe ser una crítica y voy a entrar en el terreno de la reseña, porque el modo más fácil de demostraros lo mal creado que está el mundo y lo pobre que ha sido la documentación, es narrándoos la historia con los ojos de un observador ajeno.

La novela nos sitúa en el año 2070. Dejad que os repita esto: año 2070. Tenedlo bien presente, porque hablamos de un futuro muy próximo, en el que apenas han transcurrido cincuenta años desde nuestros días. Es decir, que muchos de los que estáis leyendo esto, todavía estaréis vivos por aquel entonces. Los casquetes polares se han derretido y las aguas invaden los continentes. Pero, no sabemos cómo ni cuándo ni por qué, se han reconstruido las ciudades sobre las que ya existían… Ces’t bien. Esas ciudades, que durante páginas y más páginas el lector piensa que están repartidas por todo el mundo, pero luego descubrimos que solo están en lo que era Estados Unidos, concretamente Nueva York (Nueva York Twin en la novela), se asientan sobre columnas de hormigón. S’il vous plait, ¿puede alguien explicarme cómo, si el nivel de las aguas ha crecido hasta lo imposible, se ha podido hacer eso y mantener esas columnas batidas por las tormentas que azotan la cuidad día sí y día también? Y, lo que es más, ¿si todo el planeta está anegado y no hay tierra firme (al menos, no que se sepa al comenzar la novela) de dónde han sacado los materiales necesarios para construir calles, edificios, vehículos, fábricas…? ¿Hay mineros submarinistas? Bien, tal vez los haya, pero no se dice, no se explica en ningún momento.

Además, en esa sociedad, y cito: «la genética ha conseguido implantarse». Me temo, ma chere, que querías decir que la manipulación genética ha conseguido implantarse, porque la genética es imprescindible desde el principio de los tiempos. Además, «es necesario poseer algunas de las cualidades de los antiguos animales que poblaron la Tierra en su día», es decir, hace cincuenta años, y esas cualidades se han trasmitido de «generación en generación gracias a modificaciones…» y… Un moment… ¿De generación en generación? ¿Cuántas generaciones han podido pasar en cincuenta años? ¿Dos? Claro que la familia dominante, para asegurarse esas modificaciones, guardó genes en laboratorios. Supongo que querrías decir que guardó ADN, non? No importa. El caso es que los humanos, raros como son, en un mundo acuático, se practican, en su mayor parte, modificaciones genéticas con ADN de animales terrestres. No sé vosotros, mes amis, pero yo encontraría más práctico tener branquias antes que ojos de gato.

La familia dominante es la Rapax y en sus filas están Ninox, nuestra aguerrida protagonista, y su hermano Chrys (a quien solo ella llama Chrys, nos dicen, aunque después lo llama así mucha más gente), conocido como Falco. Ninox no puede ver cuando hay luz debido a una fallida implantación de genes. Se hace mucho hincapié en la discapacidad de la joven dama, explicándonos en cada intervención por qué ve o no ve, como si la propia autora no lo tuviera demasiado claro. Lleva un bastón y gafas especiales, que a veces usa y a veces no porque… porque no. Pero Ninox es especial, lo sabemos enseguida… Y no solo porque vea la ciudad a través de cristales opacos.

Permitidme que haga un inciso sobre esto: hay algo odioso para un lector de fantasía o ciencia ficción, el más detestable de los tópicos y es, precisamente, que el protagonista, a pesar de tener una pequeña discapacidad, sea único, especial y la clave imprescindible para resolver todos los problemas del mundo. Cada vez que ese personaje aparece, cualquier lector que se precie desea su muerte. De una forma lenta y dolorosa, a ser posible.

Ninox viaja por la ciudad en su New Beetle (reeditado) que, y permitidme que tome aire para soltarlo todo junto, se desplaza por la ciudad gracias a paneles solares sobre un colchón de aire generado por electromagnetismo. ¿Alguien más está escuchando campanas? Porque yo, mes amis, sé de dónde vienen, pero la autora, desde luego, no. Una vez más, me pregunto de dónde sale el metal para las piezas de los coches, para los electroimanes, para magnetizar con electricidad las calzadas… Y no lo sé. Claro que tampoco tengo muy claro cómo se ataca a la gente con un guante electromagnético, pero así es.

Pero Ninox se siente perseguida. Y no me sorprende, mes amis, porque, y aún a riesgo de desvelar parte de la trama, tiene un acosador, un hombre que la vigila, al gobernante supremo que la desea y a su hermano que intenta protegerla. Y sí, todos son personas distintas.

En un banquete al que asiste, y en el que comen algas, medusas y peces modificados (una vez más: s’il vous plait, ¿por qué modificar algo que, en un mundo en que todo es agua debe haber por toneladas?), el hombre que la vigila la secuestra porque teme que su acosador la dañe, y la saca de la ciudad, hacia Antiqua Canadá. Os contaré que Antiqua Canadá se describe como cubierta de hielo, mais… Hay bosques. Y animales. Sí, de esos que se habían extinguido. Y ese hombre, que se convertirá en el gran amor de nuestra bella damita a veces ciega, forma parte de los nuevos espartanos, que viven en tierra firme y se oponen al gobierno de New York Twin. Porque, sí, mes amis, hay tierra firme, aunque para la gente común no es más que una leyenda, algo imposible.

En fin, que su amado, siguiendo las directrices de los Ancianos, se la lleva a Nueva Esparta, que está en África. Y, curiosamente, cuando Ninox ve tierra firme, que recordemos que ignora que existe, no se sorprende. Se sorprende, sin embargo, cuando sabe que cultivan frutas y verduras… Oh, y ahí hay caballos también. ¿Cómo se han salvado de la extinción? Nadie lo sabe.

En Nueva Esparta es donde los Ancianos, que conocen la historia del mundo, desde hace muchos siglos, porque se ha trasmitido de padres a hijos (os recuerdo que estamos en el 2070, mes amis. Una podría decir que la han aprendido en el colegio, non?) le dicen a Ninox que es especial porque, aunque ella no lo sepa, puede detectar tierra firme. Es una varita de zahorí humana… Una vez más, pensemos un poco en esto: tienen una tecnología muy avanzada (hologramas, manipulación genética, trasmisores intracraneales, vehículos que se mueven por electromagnetismo, paneles solares…) y satélites activos. Si en 2016 tenemos Google Maps, ¿por qué  no buscan tierra firme con un ordenador y un satélite? Porque los han hackeado para tener línea telefónica (que curiosamente, pese a ser por satélite, falla cuando llueve), pero no se les ha ocurrido crear un programa para cartografiar el mundo…

En fin, que un poder como el suyo es imprescindible para los nuevos espartanos, que, además, quieren acabar con la tiranía del tío de Ninox, que, además, como es malísimo, sabía que había tierra firme pero no se lo había dicho a nadie. Cómo va a usar Ninox ese poder no lo sabemos, porque la novela, grâce à Dieu, termina antes, pero sí sabemos que tienen la intención de acabar con todas esas terribles desigualdades sociales. Ah, pardon, que no os he hablado de las desigualdades. Veréis, es obligatorio estar modificado genéticamente para vivir en New York Twin, pero no todo el mundo puede pagarse una operación, así que los ricos se las hacen buenas y bonitas, y los pobres desaparecen o hacen cosas horribles, porque usan genes sucios. Tampoco sé cómo es que no pueden pagárselo, porque no sé si trabajan o en qué, y tampoco sé qué dinero usan o cómo es la economía del mundo.

Pero el caso es que los genes maravillosos los vende el gran tirano en el mercado negro, o eso sospechan nuestros valientes espartanos. Y, claro, los pobres comen mal, viven casi sin electricidad y (leído así, tal cual) se sientan y mueven papeles. Papeles, cuando el papel es una rareza, propio solo de las clases altas. Algo normal en un mundo en el que no hay árboles. Aunque, en realidad, no sé por qué no hay árboles, puesto que Antiqua Canadá tiene bosques y hay carreteras que llevan hasta ahí… También hay montañas, no sé por qué. Supongo que serían muy altas y no se «abnegaron».

Ya ni os voy a contar que ella se enamora de su secuestrador y su secuestrador de ella en dos entradas entre pliegues, ni que los narradores son tan caóticos que no sabemos ni quién narra ni a quién se dirige, ni que se repite tanto el nombre de la protagonista que casi terminas cantándolo como una cancioncilla en tu mente, ni que la novela no resuelva nada, salvo el misterio del acosador de la protagonista y queden cabos sueltos por todas partes, ni que un personaje tenga el pelo del color del trigo en verano y luego rubio oscuro, ni que me di de bruces un laísmo («tenía que recordarla que…», si no recuerdo mal) que me hizo un daño terrible, ni que la aparición de arbustos sea signo inequívoco de que se acercan al mar, cuando, en teoría, todo es mar (ya no hablo de lo inequívoco que son los arbustos como pista para encontrar el mar), ni que ella huela todo el tiempo a jazmín, por mucho que pase días sin bañarse, ni que haya modificaciones congénitas en cincuenta años sin intervención artificial (señor Darwin, perdónela, que no sabe lo que hace), ni que cuando se dan cuenta de que la chica es ciega, en lugar de hacerla carretar agua, le dan la poco importante misión de cuidar de los niños, ni que la protagonista sea, una vez más, virgen, ni que se encuentre (dos veces) todo el elenco, que viaja en tres lanchas distintas, en medio del océano, ni…

En fin, mes amis, que escribir ficción distópica es fácil. Facilísimo. Y no hace falta documentarse y el resultado es excelente, ya lo veis. Y ahora, si me disculpáis, me temo que no me llega con el té. Voy a ver si consigo un poco de whisky de la Isla Babel, que nadie sabe cómo lo hacen sin materiales en un mundo en el que no hay tierra firme, pero lo hacen.

Té crítico con Una farsa imprudente

Bon jour, mes amis

Ya tengo preparado el té y los pastelillos, y solo me queda presentaros mi nueva crítica. Pero, antes de nada, debo confesaros que en esta ocasión me ha resultado muy complicado mostrarme objetiva y creo que lo he logrado solo en parte. Ha sido très difficile, os lo aseguro. Ya os adelanté en mi presentación que prefería las críticas negativas porque me resultaba más fácil encontrar argumentos para apoyar mi desagrado que mi admiración. Por supuesto, como el mundillo está lleno de falsos egos y aun más falsos talentos, interpretasteis que mi afán era destructivo y que solo intentaba clavar puñales. Votre problème, me temo, que leéis lo que os place, mas no lo que digo. Os lo explicaré de nuevo: cuando algo me gusta, odio tener que razonarlo. Prefiero disfrutar y no analizar. Sin embargo, entiendo que no todo debe ser vinagre, y a veces hay que ofrecer miel (el té con vinagre sería repugnante, non?), así que me he esforzado para encontrar argumentos que apoyen mis buenas impresiones sobre esta novela. Y para daros más motivos para atacar mi máscara: ya no solo me oculto cuando soy negativa, también cuando soy positiva. Qué desvergüenza la mía, non?

una farsa imprudente

Lo primero que llama la atención cuando se lee a esta autora es su prosa. Ah, es très belle. Es la pluma de una mujer que domina un amplio vocabulario, que además adapta a la época a la perfección, sin aspavientos, falsos alardes de erudición, excesos o defectos. Imagino que debe ser muy complicado mantener ese tono durante toda la obra sin caer en expresiones actuales, anacronismos y demás, y no puedo por más que expresar mi admiración por el cuidado que le dedica. Su estilo es delicioso, engañosamente sencillo, bien pulido, con una fluidez impecable que consigue que los ojos se deslicen por las líneas sin trabas. Sin caer en la pedantería, pero sin dejarse llevar por la falta de recursos tan habitual en nuestros días. Las expresiones son idóneas y los diálogos naturales, con un buen equilibrio entre el lenguaje anticuado y la adaptación necesaria para que se comprenda en nuestra época y se lea sin incomodidad.

Y lo mismo podría decir de la documentación. Está insertada a la perfección, sin que resulte excesiva y enciclopédica o, por el contrario, demasiado escasa. Si en mi anterior crítica os decía que daba igual que estuviera ambientada en Manhattan que en Matalascañas, en esta no tengo dudas: cada pequeño detalle, cada dato colocado en el momento preciso y de la forma idónea nos trasladan al Siglo de Oro, a sus calles y sus gentes. Al ambiente de los corrales de comedias, con sus galanes, sus costureras, apuntadores, directores… Y con esos mosqueteros dispuestos a montar la révolution a golpe de hortaliza.

Uno de los puntos fuertes, que quizá no todo el mundo capte, es el sentido del humor de la autora. No es un humor de carcajada, a veces ni siquiera de sonrisa, pero impregna ciertos diálogos, comentarios y escenas con un sutil tono irónico que entretiene sin interrumpir la lectura ni agobiar por su exceso, que ayuda a mantener al lector entretenido y pendiente de sus palabras y se usa en el momento idóneo, sin suponer un anticlímax en las escenas de alto contenido emocional.

También cabe destacar la finura de las escenas en las que l’amour y su representación física cobran protagonismo. No se cae en vulgaridades, hazañas atléticas o en exceso mecánicas. Tanto el sexo en sí como la tensión y la atracción están narradas con buen gusto, de un modo que conmueve, pero no provoca aburrimiento, rechazo o, sin más, una carcajada.

La progresión de los arcos de los protagonistas es muy buena. Quizá más en el caso de la joven dama que en el del apuesto caballero, porque ella avanza sin trompicones desde la desconfianza al amor, pasando por la atracción y la sorpresa. En el caso de él, y es una apreciación subjetiva, encuentro incómoda la desconfianza una vez asumido el amor. Entiendo su necesidad a efectos de trama, pero encuentro demasiado brusco el cambio de emoción sin darle oportunidad de explicarse al objeto de su deseo.

Los personajes secundarios están bien trazados y resultan creíbles, además de aportar lo necesario para el avance de la historia y la relación de los protagonistas. Muchos de ellos tienen voz en la obra y podemos ver, desde los capítulos y pinceladas narradas desde su enfoque, la coherencia de sus decisiones. Sin embargo, y aunque insisto en que la novela me ha gustado, aquí es donde me encontré el escollo que me ha impedido clasificarla de perfecta: en la gestión de los narradores. Pero nada es perfecto, mes amies, aunque eso no impida disfrutarlo igual. Pero mejor me explico, non? Veréis, a diferencia de la mayoría de obras que se publican hoy en día, en que se usa una primera persona o una tercera subjetiva enfocada desde cada uno de los protagonistas, donde, de forma habitual, cada capítulo o escena corresponde a uno de ellos, aquí se aportan pinceladas de los pensamientos de casi todo el elenco. No me parece mal, si se usa de forma correcta, pero aquí, por momentos, resulta complicado saber quién está narrando la acción.

No quiero desvelar mucho de la trama, ya que hay un pequeño misterio que resolver, pero como me gusta aportar datos que apoyen mis argumentos, os sugiero que prestéis atención al final del capítulo 9. Es preciso leer dos veces la última escena para saber qué sucede y quién lo narra, porque la transición es brusca y, como se enfoca desde el punto de vista del malvado de la obra, no es posible usar su nombre al comienzo del párrafo para precisarlo. Ocurre en más ocasiones, no demasiadas, pero sí las suficientes como para que llamara mi atención, aunque el caso más claro es este. Esto puede deberse también a que, para mi gusto, hay un exceso de personajes con voz, voces de las que, tal vez, podría haberse prescindido sin menoscabo alguno en la definición de dichos personajes o en la comprensión del hilo argumental.

Sin embargo, como os comentaba, he disfrutado, mes amis. He disfrutado mucho con la lectura, a pesar de los pequeños inconvenientes que os comentaba. Y es por ello que me gustaría recomendaros a esta autora, de la que yo me declaro ya ferviente admiradora.

Para mí está claro que está llamada a convertirse (si es que no lo es ya) en la nueva reina del romance histórico español. Pocas como ella usan un lenguaje tan idóneo, narran con tanta precisión, insertan la documentación con tanto acierto y, aun así, trasmiten emociones, sin caer en el excesivo tecnicismo o la falta de sensibilidad.

Chapeau, madame!

Té crítico con Manhattan crazy love

Bon jour, mes amis

Aquí estoy de nuevo, preparada para otro té crítico. Sin embargo, os advierto que esta vez no puedo ser completamente objetiva. Non, non. Porque, aunque puedo hablaros de errores técnicos, he encontrado también algo muy perturbador en el argumento, y eso, mes amis, es algo que no puedo callarme. Pero señalaré cuando llegue a ese punto, para que no se confunda objetividad con subjetividad, no os preocupéis. Bueno, todos sabemos que no va a ser eso lo que os preocupará, non? Estaréis más ocupados clamando justicia a los cielos y pidiendo que mi bella cabeza caiga bajo el filo de Madame Le Guillotine.

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¿Recordáis que en mi crítica anterior dije que la damisela que firmaba la novela podía llegar a escribir bien? Pues aquí no sé qué decir. Entiendo que intenta usar un vocabulario fresco y directo y que, para ello, usa la primera persona del singular y en presente, utilizando la propia forma de hablar de su protagonista. D’accord, es un recurso válido. Si ya la primera persona acerca al lector, la primera persona narrada en presente crea una sensación de complicidad: no solo te lo estoy contando yo, te lo estoy contando ahora mismo, ¿ves lo amigos que somos?

Pero veo dos problemas en esto: en primer lugar, nunca entenderé por qué se usa la primera persona en una novela romántica, porque hay dos protagonistas y al usar primera uno de los dos personajes queda desdibujado, lo percibimos solo a través de los ojos del narrador. ¿Es válido? Sí, bien sûr, pero se corre el riesgo de no entender las motivaciones del personaje sin voz. No tengo ni que decir que eso ocurre aquí. Quizá ha intentado dotarse al personaje de un halo de misterio, de distancia, que el lector esté tan confundido como la protagonista, pero si el lector no se identifica con ella, como me ha ocurrido a mí, lo único que desea es mandar al caballero a la guillotina.

Pero me estoy adelantando. Ya os hablaré después de su relación. Ahora prefiero contaros el segundo problema: el vocabulario. Creo en la naturalidad y en la sencillez, a pesar de que los salones de mi casa os hagan pensar lo contrario, pero hay un punto en que la sencillez no es apropiada para narrar una novela. Una cosa es ser natural, otra muy distinta manejar un vocabulario de doscientas palabras. Eso es pobreza lingüística.

Y, hablando de pobreza lingüística, ¿cuántas veces es necesario repetir las mismas expresiones en una novela? Los mismos gestos, las mismas frases… Eso denota una terrible falta de recursos por parte del escritor, mes amis. Y puedo admitir, a regañadientes, que la autora no se dé cuenta de las muchas veces que repite lo mismo, pero ¿qué ha hecho el corrector? ¿Ha habido siquiera un corrector? Me permito dudarlo y a las pruebas me remito, porque, además de las repeticiones, he encontrado varios errores intolerables. El más grave de ellos en esta frase: «Me levanto echa el sigilo personificado». Ni me voy a molestar en señalar el error, mon petit. Si no lo veis, no tengo nada más que añadir.

Hay más errores que han herido mi sensible corazón francés. Quizá sean culpa del corrector, pero me temo que es trabajo de la autora estar al tanto de todo lo que ataña a su oficio, no solo porque así lo hará mejor, sino porque no caerá en las manos de alguien que tampoco sabe hacer su labor en condiciones.  Pero apoyemos esta afirmación con argumentos, non?

Varias veces se utilizan expresiones como «perdió la vista a un lado» o «perdió la vista a través de la ventana» o… Me he pasado media novela pensando que se habían quedado todos ciegos. He escuchado a veces «su mirada se perdió en la lejanía» o similar, pero perder la vista es quedarse ciego. Y, de todos modos, si lo leyera al menos una docena de veces, aunque creo que han sido más, me pondría igualmente nerviosa.

También se repite mil veces «poner los ojos en blanco». Pero aquí se agrava, porque se usa con un reflexivo: «Me pongo los ojos en blanco» y, rizando el rizo de lo imposible, «Me pongo los ojos en blanco mentalmente a mí misma». Mon dieu! Y no es que me sorprenda, porque la autora siente un amor desenfrenado por los reflexivos, de esos que sobrecargan de manera innecesaria la prosa y las acotaciones: «me dice», «me comenta», «le contesto»… Hasta el punto que no me sorprendí cuando encontré lo que, sin duda, es una errata: «Se endurecerse».

También suspira, resopla y se humedece el labio inferior. Muchas, muchas, muchas veces. Y, en el caso de resoplar, lo hace acompañado de otra acción: «La cojo con cuidado, la giro y resoplo a la vez que pongo los ojos en blanco»; «Giro sobre mis talones a la vez que resoplo»; «Resoplo de nuevo y me llevo la almohada a la cara».  Y esto solo en tres páginas. Y el remate fue: «Yo pongo los ojos en blanco a la vez que echo la cabeza hacia atrás, resoplo, sonrío y finalmente echo a andar». Mon dieu, las mujeres podemos hacer más de una cosa a la vez, pero ¿tanto? ¿Sin parecer que sufrimos síndrome de Tourette? Creo que no. Llegados a este punto, dejé de apuntar repeticiones porque esta crítica tendría doce mil palabras y me parece excesivo para tan poca novela.

Por supuesto, si se repiten esas expresiones, también hay un abuso de adverbios modales. ¡Qué mente tiene esta damita! Hay párrafos en los que se usan hasta tres adverbios terminados en –mente y, si bien yo no soy de esa gente que quiere enviar los modales al cadalso, su abuso es incómodo. Imagino que en origen habría muchos más, y por eso aparecen adjetivos incómodos, como «sonrío profesional» o «me mira amable».

Y, como es obvio, si el corrector no vio todo esto, tampoco se encargó de unificar loísmo y leísmo, o sexi y sexy, que, además de repetirse mucho, se usa de las dos formas. Ni se ocupó de cambiar jaguar por Jaguar, que cada vez que entraban en el coche, yo me representaba la imagen de ellos montados en un gran felino. Ni sabe que la expresión correcta no es «cuanto menos», sino «cuando menos». Ni que se grita o no se grita, pero no se puede «gritar bajito». Ni que si «…el ambiente da un giro de trescientos sesenta grados» se queda en el mismo sitio. Dos veces.

Y de las comas explicativas ya ni hablamos. O sí, hablamos: «Aparto mi vista tímida». No sé desde cuándo las vistas son tímidas, a no ser que quiera decir «Aparto mi vista, tímida». «Donovan tuerce el gesto displicente». Claro, porque tiene otro gesto y no lo tuerce… «Ladea la cabeza increíblemente sexy», porque tiene más de una cabeza. A ver si nos vamos aprendiendo las reglas de las comas en subordinadas explicativas. Porque, mirad, que no lo sepa la autora ya es malo, pero que no lo sepa quien lo corrigió ya es una afrenta al buen hacer editorial.

Hay muchos más errores que hasta un corrector principiante podría haber detectado, como «levanto el cuello» o «entorno la mirada» o este curioso fallo de concordancia:

«—Buenos tardes, señor Brent —lo saluda Dillon Colby al vernos llegar.

Inmediatamente se levanta y le tiende la mano.

Buenos tardes —añade el otro chico también incorporándose».

Pero creo que ya es suficiente para que os hagáis una idea, non? Vayamos entonces a curiosidades de la trama y la ambientación. La historia se desarrolla en Manhattan. Y aunque nunca he salido de mi bella Francia y no sé cómo viven en las colonias, supe que estaba ambientada ahí porque aparecen cinco nombres de calles y tres edificios emblemáticos. Si nuestros personajes se movieran en Madrid, Barcelona o Matalascañas, no habría diferencia. Con cambiar tres nombres, estaría solucionado. Ni siquiera habría que modificar la forma de hablar de los protagonistas, porque sus expresiones pueden pasar por castellanas sin problema alguno.

Pero lo peor está en la trama, y aquí, mes amis, es donde empieza a mezclarse la subjetividad. Veamos, a la damisela protagonista la contratan al instante para un puesto para el que no está en absoluto cualificada, pero, como debe ser superdotada (yo más bien creo que es una idiot savant), buscando en Google, aprende lo que a otros les cuesta cinco años de carrera dominar. Desde ese momento, su jefe se gana una demanda por acoso sexual, o una bofetada, no sé, con cada frase que pronuncia. Referencias sexuales veladas, acoso laboral, roces y tocamientos inapropiados… Pero ¡es rico! ¡Y guapo! ¡Y le regala un móvil y un iPad y un Mac! ¿Qué más da?

Nuestra valiente protagonista cae enferma y el noble caballero la lleva al hospital, donde le diagnostican una neumonía. Como el hogar de la damisela es frío e insalubre, la lleva a su casa, donde se cura en treinta y seis horas. Vive la medicina moderna. Ahí es donde el amable jefe descubre que ella está hasta las cejas de deudas. La deja sola y, en cuarenta minutos escasos, regresa y le informa de que están todas canceladas. Mon dieu! ¡Que alguien le presente a mi modista! Además le paga la matrícula en la universidad y le dice que se traslade a su apartamento. Y ella, por supuesto, acepta enseguida, sin ningún cuestionamiento moral. ¿Por qué habría de albergar dudas? ¿Porque parece que intercambien sexo por dinero? Non, non, que ella misma dice que no piensa permitir que «nadie, y mucho menos él, dé por hecho que utilizaría el sexo como moneda de cambio». Pues, la verdad, mademoiselle es que yo no pude quitármelo de la cabeza ni un solo instante. Y para mí, eso no es amor, es prostitución. No tengo nada en contra de la profesión más antigua del mundo, no me malinterpretes, ma petite, pero si no quieres que parezca que te paga por sexo, dile que aceptas la cancelación como un préstamo, págalo con tu sueldo y vete a vivir a otro sitio. Y a dormir en algún lugar que no sea su cama. Y no aceptes un ascenso que no se corresponde en absoluto con tus capacidades laborales y que te han concedido solo porque tu jefe está celoso. No está bien. No lo está en absoluto.

Por supuesto, esto es mi opinión, la de una mujer que ha luchado en un mundo de hombres y no ha permitido jamás que la manejen a su antojo. Porque, creedme, queridas, es cierto que la mujer ha ganado la libertad suficiente como para comportarse en un plano sexual como le plazca, pero una cosa es el dominio en el dormitorio, y otra muy distinta someterse al capricho de un hombre solo por amor. Que la frase «Solo quiero que quieras complacerme» os sonará muy romántica, pero no lo es.

Y no todo se justifica porque al final él reconozca estar enamorado. No, de ninguna manera. El amor, mon petite, no justifica el desprecio, la humillación y el abuso. No justifica la indiferencia ni la falta de respeto.

Pero volviendo a las cuestiones técnicas, encuentro que la novela, para ser erótica, peca de falta de emotividad narrando el erotismo. Son escenas mecánicas, escasamente descritas, con un sexo basado en la penetración y sin apenas juegos llamativos. Y si vais a llamar mi atención sobre la primera escena del trío con una mujer… No me hagáis hablar, porque necesitaría mucho más espacio y paciencia de la que dispongo para analizarla.

Hay escenas que sobran, como en la que Lola finge ser la mujer de Donovan para espantar a su amiguita, que no lleva a ninguna parte ni aporta más que demostrar la falta de madurez de las protagonistas. O la escena en el restaurante, con el cameo de ¿su otra trilogía? ¿Puede ser? Ni siquiera me voy a molestar en buscarlo. Estoy demasiado cómoda degustando mi té. También son molestos los continuos comentarios sobre Cincuenta sombras de Grey, como si fuera un clásico de la literatura universal. Cuidado con tus referencias, ma petite. Si solo hablas de un libro, tus lectores pueden pensar que solo has leído uno. Porque has leído más, non? Sí, al menos has leído la trilogía Pídeme, y alguno de Maya Banks. Lo digo porque, en ocasiones, la trama se parece de forma más que sospechosa. Y no porque sean tres amigos dominantes que son socios empresariales (Maya Banks) o porque él sea un alemán atraído por una chica protestona al que le gusta compartir a sus mujeres (Megan Maxwell). En absoluto…

En resumen, mes amis, historia mal hilvanada, pésima corrección, terrible mensaje y escenas de sexo soporíferas. Pero, claro, en cuestión de gustos…

Té crítico con Baila para mí

Bon jour, mes amis.

Aquí estoy, cumpliendo mi primera misión. Como os decía, empezaré mi andadura con una novela erótica, o eso dicen. Y es que le érotisme, mes amis, es algo más que sudor, saliva y azotes, non? Oh, si yo os contara lo erótico que resulta tomar el té con mi querido sir Percy… Y sin despegar los pies del suelo ni despeinar nuestras empolvadas pelucas.

Aunque a la mayoría de la gente le resulta complicado escribir una crítica negativa, debo reconocer que yo las prefiero. Y no solo porque sea malvada, non, non. Cuando una novela me gusta mucho, no quiero ser objetiva. Me ha gustado, he sido feliz leyéndola. No quiero justificar mis pasiones, ni las sublimes ni las perversas. Pero cuando no me gusta, me resulta mucho más sencillo encontrar argumentos objetivos que apoyen mi opinión. Porque, sí, que un libro llegue o no es algo subjetivo, pero los errores de técnica son indiscutibles e innegociables, por mucho que haya quien prefiera pensar lo contrario.

Dejaré algo claro antes de empezar, mes amis: respeto prácticamente todas las opiniones y respeto el trabajo de todo el mundo… cuando es respetable. Y sí, tenéis derecho a pensar distinto a mí y vuestra opinión es, por supuesto, respetable. Pero la mía también. Y más porque pienso ser muy objetiva, al menos en cuestiones técnicas.

Pero pongámonos manos a la obra. Os voy a hablar de la última novela «erótica» que ha caído en mis manos: Baila para mí, de Patricia Marín.

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Hablemos de técnica: esta damisela podría llegar a escribir bien. En algún momento. Dentro de unos cuantos años, cuando aprenda los trucos del oficio, cuando sepa qué se puede y qué no se puede hacer, cuando sepa cómo limpiar su estilo, cómo tramar en condiciones, cómo mantener el ritmo y el tempo, cómo definir a los personajes y cómo vaciar la historia de ruido de fondo. Ahora mismo, no sabe hacer ninguna de esas cosas. Está más o menos cerca de saberlo, pero ese momento no ha llegado. Quizá cuando tenga un poco más de experiencia… a todos los niveles.

En cuanto al estilo, lo primero que debería corregir son las repeticiones. Mon dieu, las hay por cientos. Dentro de la misma frase («Se apartó un paso para cederle el paso»), dentro del mismo párrafo (ocho «pechos» en dos párrafos he llegado a contar) y expresiones recurrentes que se repiten a lo largo de toda la novela (palabras como «convulsionar», que, mes amis, si yo estoy tomando el té con mi querido sir Percy y convulsiona, pido un docteur, un médico, y después me desmayo de la impresión; expresiones como «se abrasaba», que parece que viven en una fiebre continua; la pregunta del hombre «dominante», que cada vez que ella dice «sí», le responde «sí, ¿qué?» como dos docenas de veces; los calambres y el abrasarse, que aparecen en todas las escenas de sexo de la novela, junto con los entumecimientos. Que, vraiment, puedo entender que a alguien se le entumezcan los brazos por estar atada, es lógico (y no lo digo porque lo sepa por experiencia, os lo aseguro…), pero que se te entumezca la cara porque te acarician con un dedo ya me parece algo muy peligroso.

Otro defecto grave de estilo, muy común en los escritores novatos, es no saber qué información no es relevante y cuál sí, no a nivel de trama, sino de pura narrativa. Es decir, si él está sosteniendo la puerta, y le tiende la mano libre, los lectores no necesitamos que nos aclaren entre rayas que «—con la otra mano seguía sosteniendo la puerta—», porque no somos idiotas. Al menos, esta lady no lo es. También es muy triste explicar las metáforas. Antes que hacer eso, es preferible no usarlas. Me explico: si no quieres que la gente piense que no te has documentado, y que crees que a las bailarinas les sangran los pies, no digas que el director los presionaba hasta hacerlos sangrar (que mira que no hay metáforas posibles para usar en lugar de eso) y luego te veas obligada a explicar, una vez más, entre rayas, que lo dices «metafóricamente hablando». Y ya no digo nada de que ella use «un vestido con falda», porque, mes amies, tengo una gran colección de vestidos, diseñados por la mejor modista de París, y no he visto jamás uno con pantalón. Una falda pantalón sí, y un pantalón y un vestido. Pero los vestidos son vestidos. Con falda.

Siguiendo con los tics de novata, nos encontramos con decenas y decenas de frases hechas. «Como alas de colibrí», «Como alas de mariposa», «Como un bosque frondoso»… Y expresiones que no se pueden considerar frases hechas, pero que parecen sacadas de un manual de expresiones tópicas para usar en las escenas de sexo. El palpitar entre sus piernas, los calambres, el calor… No me malinterpretéis, mes amis, yo uso frases hechas como cualquiera, son très jolie, non? Pero yo no pretendo ser novelista, solo una humilde lectora.

A nivel de definición de personajes, ella aún está más o menos bien trazada… Bueno, salvo por el hecho de que en cuanto él la besa, se convierte en ninfómana y cada vez que la toca un hombre se estremece, convulsiona y se le entumece algo. Y, sin querer contaros mis intimidades, ni con mi querido Athos he vivido algo semejante (Ni con vos, ma chère amie,  siento decirlo). Sí, la novela habla de un despertar sexual, lo entiendo. Que la premisa me encanta: liberar la sensualidad a través del sexo para poder trasmitirla en la danza. Muy buena idea. Muy mala ejecución.

Pero él… Él es un «une los puntos y créete que es delicioso porque yo te lo digo». La suspensión de la incredulidad funciona, así que si el autor tiene mucho arte, nos creemos lo que nos cuente, porque es él quien nos lo está contando, pero para eso hace falta oficio. Aquí Tom tiene escasos enfoques y todos sirven para saber qué le quiere hacer a Eva, cómo quiere hacérselo y cuántas veces. Ah, y que es protector, porque lo dice mucho. Y que todas las mujeres se tiran a sus pies, que también se dice, así que debe ser un hombre muy hermoso, muy… ¿sexy? ¿Se dice así? La lástima es que no se demuestre en ningún momento, y yo reconozco que ya he leído demasiado como para que mi incredulidad se suspenda así como así.

Problemas de ritmo hay por decenas. En la primera parte, sobran escenas, muchas escenas. Escenas de ballet repetitivas que no aportan nada, ensayos que no sirven para hacer avanzar la trama, hilos sueltos que no se resuelven… Y, claro, precisamente por esos hilos sueltos, en la segunda parte faltan tantas escenas como sobran en la primera. El gran secreto de Tom se resuelve en dos páginas, porque nos damos de bruces contra él en el último momento, tarde, mal y a rastras, con unas reacciones por ambas partes frías, desapasionadas y que no están a la altura de una resolución importante. Y me parece muy bien guardar un secreto hasta el final (es emocionante, non?), pero el lector necesita pistas claras que lo lleven hasta él, como miguitas en el camino, pequeños datos que lo vayan ayudando a formarse una imagen a la que solo falta la pieza final. Es difícil, sí. De hecho, la dosificación de la información es de lo más difícil que existe en técnica literaria, y solo se aprende con el tiempo, leyendo mucho, interesándote mucho y equivocándote mucho. Digamos que, como es una primera novela, todavía se está equivocando. Y lo que le queda, me temo.

Hay personajes que no terminas de saber para qué sirven, como Natalia, Gregory, el bailarín italiano (¿para qué plantear un posible triángulo que nunca va a llegar? Muy frustrante), o, ya puestos la vecina, cuyo hilo no aporta absolutamente nada y no se resuelve de ningún modo. La propiedad de la casa de la abuela, el por qué iba vestido Tom de highlander (si alguien me va a decir que porque era de una familia «bien», no me sirve), por qué tantas y tantas casualidades, por qué tanta historia con el papel de Galatea y la prueba final se resuelve con una trampa estilística descomunal…

En cuanto a la historia, la novela empieza en una fiesta. Reconozco que esto sí es culpa mía, que jamás leo las sinopsis, pero me encontré de repente en una recepción en Versalles, en mi época dorada, y mi cabeza se trasladó automáticamente a ese momento. Todo parecía señalarlo: el acontecimiento de la temporada, las debutantes, los trajes y los oropeles, y un gigantesco highlander acechando en el jardín, junto al estanque (Nota al margen: un gigantesco highlander que «parecía salido de un retrato de un príncipe de las Highlands». Y si alguien puede decirme cuándo ha habido príncipes en las Highlands se lo agradecería mucho. No, no lo busquéis. Ya os lo digo yo, mes amis. No hay). No cuadraba mucho lo de los camareros fumando y el catering, pero quién soy yo para meterme con la falta de documentación de la gente…

Total, que cuando ya estaba yo pensando que me iba a encontrar en una novela histórica, porque nada, ni el ambiente ni la actitud tímida y virtuosa de la protagonista me habían hecho pensar lo contrario… resulta que es contemporánea. Con dos… eh… zapatitos de baile.

Pero, centrada en mi misión y decidida a avanzar, sigo leyendo y me encuentro en un ambiente de ballet, con un jardinero que no sé por qué lo es, porque resulta que, en realidad, se dedica a la seguridad (y no me digáis que lo de la jardinería se explica, porque ni me voy a  molestar en repetir que al final de todo y sin dar muchos datos, mientras el lector se pasa media novela preguntándose qué hace en el jardín, salvo satisfacer una fantasía de hombre sudoroso y en camiseta, manchado de barro) y una bailarina que se pasa la vida comiendo chocolate, nata y mantequilla. Claro, que es una deportista de élite. Ya, ya… Pero es que aquí, vuestra Milady, conoce a bailarinas. De las de verdad. Y os aseguro que los trastornos alimenticios son el pan suyo de cada día. Y tampoco se les «mueven las tetas cuando bailan» (grosero, grosero), diga Tom lo que diga. Más que nada porque no tienen. Y porque no se les mueve nada. Y, desde luego, su escote sugerente como que no es. Ni con un buen corsé, non, non.

El resto, pues lo de siempre: sexo. Y se enamoran porque se tienen que enamorar. Porque… Bueno, pues yo qué sé, porque sí. Y más sexo. Y diez azotes. Y un par de esposas. Y calambres, sudor, saliva y otras secreciones. Y un dueño de un club BDSM que recuerda mucho, muchísimo a Simon, que aparece por primera vez en El amo del placer, de Cherise Sinclair. O a Thorpe, de la inimitable Shayla.

En fin, que más de lo mismo. Y no solo por el BDSM, conste, que también, sino porque es la historia de chico malo conoce chica buena y bailan. Sin mucha más enjundia. Y sobre la autora, pues quizá cuando limpie su estilo de revueltas innecesarias, de pleonasmos y de tópicos y frases ya inventadas y profundice un poco más en la definición de la sexualidad y su expresión, pueda llegar a hacer algo interesante. Que le èrotisme no es solo sudar, ma cherie. Es olor, sabor, tensión. Es la deliciosa espera y la inevitable consumación. Es el arte de la sugerencia, de atraer con una mirada, con un roce, con una caricia apenas insinuada. Es seducción y atracción. Y sí, es sexo y pasión, pero con algo más que calambres, palpitaciones y penetración. No me molesta la pornografía, ma cherie, pero el erotismo no es lo mismo.

 

El té crítico de Milady queda inaugurado

Bonjour, mes amis

Creo que se impone una presentación, non? Soy Anne de Bleuil, Condesa de La Fère Milady de Winter, Condesa Schieffield… Pero podéis llamarme Milady, que estamos entre amigos.

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El querido sir Percy y yo estábamos hace unos días compartiendo confidencias tras… bueno, tomar el té, cuando nuestra charla derivó hacia nuestras últimas lecturas. Yo le hablé de la última novela que había caído en mis manos y, el resto, como suele decirse, es historia. Creo que sus palabras exactas fueron: «Oh, mi querida Anne, bella entre las bellas, diosa entre los hombres, necesito de vuestro malvado ingenio para mi cruzada. ¿No querríais hacer crítica literaria para mí? Os necesito, Anne, no me rompáis el corazón».  ¿Y cómo podría yo negarle nada a este hombre, mes amis? El mundo y sir Percy necesitan a Milady y yo haré lo posible por estar a la altura de mi misión.

Debo reconocer que, como mujer que ha luchado en un mundo de hombres, a veces puedo ser un poco malévola, pero no me lo tengáis en cuenta. La vida me ha hecho así, y os aseguro que siempre justificaré mi indignación cuando lleve a cabo alguno de los experimentos literarios que sir Percy y yo hemos planeado.

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Os adelanto que mi primera crítica será sobre una novela erótica. Oh, le érotisme… Mi alma francesa se estremece al ver cómo se cometen atrocidades en su nombre. Pero eso será otro día. Por hoy, Milady se despide.

Nos vemos pronto, mes amis, sed malos en mi nombre. Y, ya sabéis, estáis todos invitados a mi té.

IMPRESIONES DE LA VI EDICIÓN DEL RA

¡BONJOUR, queridos míos!

Vuelvo de nuevo a vuestras pantallas, esta vez para compartir con vosotros la crónica de lo que pude ver, oír y, tal vez, callar en la VI edición del RA (para los neófitos, el encuentro anual sobre Romántica Adulta, celebrado en la Villa y Corte de Madrid), primer encuentro para mí y creo que último.

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Desde el gallinero (ma petite poule, la eché en falta, querida. ¡Qué bien lo hubiéramos pasado comentando el “partido”!), pude asistir a las diferentes mesas, así como también pude  observar al público asistente.

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Lo cierto es que para entrar tuve alguna dificultad, pequeñita, ya que cuando iba llegando a la puerta del Auditorio Marcelino Camacho (me vino un escalofrío y me aseguré de llevar bien sujeta la cabeza), me di cuenta de que llevaba una de mis pelucas. ¡Horror! ¿Qué hacer? Entonces me acordé de los múltiples mensajes privados, esos tan cariñosos en que me llaman deficiente, tarado, etc., y en seguida se hizo la luz: mi peluca pudo entrar, para no levantar sospechas, como perro de servicio; así que acompañado de mi fiel y peludo amigo Chauvelin, tras recoger la acreditación y dejar dos kilos de arroz, me dispuse a llegar al patio de armas, ¡uys!, patio de butacas y sentarme en un lugar adecuado para la observación. Por momentos me sentí un David Attenborough cualquiera, en una de sus incursiones por esos jardines y selvas de Dios.

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Abrazos, risas, gritos, fotos, amigas y amigos que se reencuentran, fans enloquecidos que piden firmas a todas costa (incluso en los baños), escritoras de primera, escritoras de medio pelo… De repente, una voz que se va abriendo paso a través de los murmullos, hasta que por fin mediante un hipohuracanadogrito de “¿me ejjjjcucháis o qué?” seguido de un pitido de origen no tan incierto: ¡un silbato, señoras y señores, un silbato! (espero que esa parte la mejoren, ¡donde esté una buena corneta!), nos hace caer a todos en que estamos ya en clase y no en el recreo.

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He de decir que me sorprendió que en un encuentro donde están acreditadas unas 550 personas, con unas mesas que fueron la mar de interesantes, Fräulein Rottenmeier (alias Merche Diolch) no tuviera ni unas míseras palabras preparadas para la apertura del VI RA; se hubieran agradecido, pero no, en vez de eso se mostró como la Juana de Arco de la novela romántica, a la que se le debe, a través de estos encuentros, la “salvación” del género y, además, nos metió una buena repasata, no sé si por asistir, por hacerlo en vaqueros, o qué sé yo, lo cierto es que me dio algo de miedo esta señora. ¿No será descendiente de Robespierre, verdad?

La tarde del viernes fue bastante interesante, ya que tuvimos el maravilloso privilegio de escuchar a escritoras de la talla de Nuria Llop o Amber Lake, y descubrir o saber un poco más sobre Jane Kelder, Regina Roman, Liah S. Queipo y Ditar de Luna (me quedo con ese nombre y su “La maldición de los Luján”; tiene pinta de ser muy entretenida e interesante). Y de vuelta con la Srta. Rottenmeir, encargada de las presentaciones de los libros de las escritoras mencionadas. Un consejo, ma petite, si vas a presentar a un escritor o algún libro, al menos infórmate un poco, documentarse no está nada mal, es más, sería de agradecer. No se le puede decir, por ejemplo, a Amber Lake que sus novelas son blancas (claro, que la escritora le contestó con muy buen tino que se leyera alguna como “El amante sin rostro”). Por otro lado, si no te gustan esos saltos hacia delante y atrás que tan raros se te hacen (incluso poniendo en duda la posible comprensión o no por parte del lector), y que al parecer se desarrollan en la novela presentada por Liah S. Queipo, “Jugando con Sombras”, no creo que sea de recibo comentárselo varias veces a la autora como si fuera algo de lo más extraño. Para tu información, te diré que esos saltos narrativos al pasado y al futuro desde un punto determinado se denominan analepsis y alepsis (en cinematografía son los famosos flashback y flashforward). En cuanto al libro de Nuria Llop. ¿es más importante darle vueltas y más vueltas a si el libro es una precuela pero está publicada la última de las historias que le siguen que hacer preguntas un poco más inteligentes y documentadas? Creo recordar que la saga de La Guerra de las Galaxias es un kilombo espectacular con la numeración, pero hasta ahora nadie se ha quejado…

La segunda ronda de presentaciones de libros volvió a adolecer de lo mismo, excesivo protagonismo de la moderadora-presentadora, más que nada por la falta de tacto y de preparación de las intervenciones y por su no saber estar, apoyada en la mesa como si estuviera desayunando después de una noche de juerga. Recuerdo a Jane Kelder hablando sobre Trollope o Thackeray, y aquí la doña la interrumpe con un “pero ¿tú qué ejjjjtudiaste?”.

El sábado 13 de febrero entramos de lleno en lo que sería el RA2016. La cosa promete. La primera mesa, Contemporánea vs Histórica, resultó muy interesante, aunque me apenó mucho la mala leche que gastan algunas personas (escritoras, compañeras de aquellas que estaban participando en las mesas, e incluso alguna que otra editora planetaria) ya que, mientras las participantes iban comentando sus futuros proyectos, algunas se dedicaban a cotillear y reírse de lo interesante o no que le parecían esos proyectos. ¡Señoras, por favor, que parecía un nido de víboras!

A lo largo del día se fueron sucediendo las diferentes mesas, destacando el papel de las moderadoras (ellas sí hicieron sus deberes), mereciendo una especial mención, a mi modo de ver, Laura Nuño o Mar Vaquerizo.

El hecho de la asistencia a este encuentro de la escritora Christina Courtenay, autora inglesa, con gran proyección internacional y una gran carrera a sus espaldas, nos da el nivel que puede llegar a alcanzar este evento, y digo bien, puede alcanzar, porque hay muchas cosas que mejorar; hay mucho potencial, pero desde luego, si continúa en la línea que quiere seguir dándole la organización con Merche Diolch a la cabeza, será un posible gigante que finalmente se verá condenado a no crecer.

Se pedía respeto para un género al que se califica de literatura de segunda, literatura de piscina y más cosas absurdas. Yo, a veces, utilizo fragmentos de este tipo de literatura para que mis alumnos trabajen sobre ellos. Llegado a este punto me pregunto si no es necesario empezar a respetar el género desde dentro para poder exigir ese mismo respeto desde fuera. En este ejercicio, debe tener gran presencia la autocrítica, no solo por parte de escritores, sino también por parte de las editoriales. No es posible que se inunde el mercado con historias que tienen poco peso, están mal escritas y en las que se ve claramente que no han pasado una serie de filtros necesarios para que la calidad sobresalga. Hay también mucha novela auto publicada, pero dentro de ese ingente número de escritores y escritoras que deciden auto publicarse no todo vale; todos debemos ser conscientes de nuestras limitaciones y el simple hecho de que escriba, o amague con escribir, me auto publique y vengan mis amistades a jalearme por lo bueno que soy, eso, queridos míos, no nos convierte a nadie en escritor. Es necesario ser riguroso, es necesario saber hacer el trabajo de manera que el resultado no vaya directamente a la guillotina y, por supuesto, las editoriales, que no son una ONG y que quieren vender, no deben buscar esas ventas a cualquier precio. Tengo la impresión de que de un momento a otro el sector de literatura romántica va a estallar por algún sitio, y más de uno va a terminar aterrizando en el suelo dejando los dientes. No es posible que al despedir el evento (de nuevo de manera improvisada) se invitara a los autores auto publicados a retirar los libros de la zona de ventas y la gran mayoría del público asistente saliera corriendo como hordas de bárbaros a recoger su parte del pastel: ¿Cuántos simples lectores había entre el público? ¿Cinco? El lector también debe participar en esta serie de eventos, así se completarían todas las perspectivas y se ayudaría a mejorar el sector.

Por último, me gustaría hacer referencia a esas bolsas que nos entregaron junto a las acreditaciones. Seamos serios, en este país las fronteras entre lo que es romántica, erótica y pornografía zafia y burda están, no diluidas, sino simplemente desaparecidas. Si no es así, no entiendo que entre los múltiples marcapáginas, libros, bolígrafos…, que contenía la bolsa de marras (por cierto la mía es morada) nos encontrásemos con una chuchería, una caramelo o yo que sé qué en forma de pene. ¿Es serio? ¿A los caballeros que asistimos no nos regalaron una vagina por ser de mal gusto, ser machista o es por no haber existencias de tal regalo? ¿Hemos pasado ya los tiempos de culo, caca, pedo pis? Por cierto, no se habrá pagado con el dinero de las inscripciones ¿verdad?

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Moraleja: Bravo por las ponentes, bravo por las moderadoras, pero hay que mejorar mucho si se quiere elevar el nivel. Eso va, claramente, por la organización. Aquí no vale eso de la intención es lo que cuenta. Hay que ser más profesionales, serios y rigurosos, lo que no quita para que cumpliendo esos puntos, se pueda hacer un evento agradable, divertido y que dé la importancia que se merece a un género tan denostado como es el de la literatura romántica.

Un enorme GRACIAS a todos los asistentes que llevaron productos al Banco de Alimentos y otro enorme a todas las escritoras que aportaron su granito de arena al libro/antología que se nos entregó junto a la chuche-chunga.

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ESPECIAL “CLÁSICOS… INCOMPRENDIDOS”

¡Cuánta felicidad estar de nuevo entre ustedes! Lo crean o no, les he echado mucho de menos (esos insultos por privado, esos discos dedicados, esas alusiones torpes…) y espero que ustedes a mí también.

Veo ya a Gastón empolvando de nuevo una de mis pelucas; a decir verdad, no es la que prefiero, pero ya llegará el momento de usar alguna más espectacular.

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Y bien, llegados a este punto ¿qué les tengo preparado? Estando en las fechas en las que estamos, esas que no le hacen gracia a Mr. Scrooge, he decidido que era el momento de intentar ver con qué amor se trata a los clásicos de la literatura. Oh, mes chers amis! no ha sido una sorpresa, pero no deja de parecerme triste lo que he encontrado. Y no, no voy a entrar a juzgar las opiniones en sí, pues cada cual es muy libre de sus gustos y puede que una historia que se considere un referente dentro de la literatura no llegue al corazón de determinada persona, lo que “no es malo de suyo, ¿verdad?” (parafraseando al Padre Bonete, personaje que encarnó el tristemente fallecido y compañero Luís Figuerola-Ferreti), pero sí lo es la manera en que escriben o video-bloguean esas opiniones. Como ya dijera el gran Italo Calvino, “Si no salta la chispa, no hay nada que hacer: no se leen los clásicos por deber o por respeto, sino sólo por amor”.

Pero pasad sin miedo, pasad, alegres reseñadores, no os va a pasar nada malo. ¡Es más, os dedicaremos un gran aplauso por el acercamiento a esas historias maravillosas!

13 en el baile

Entre los autores a los que se han acercado estos héroes de las Letras gana, y por mayoría, Jane Austen, le siguen muy cerca Charlotte y Emily Brönte (la pobre Anne se ha quedado sola, llorando, mientras se balancea en un columpio de un triste y seco árbol de Wildfell Hall), pero también tenemos a Stendhal, Lewis Carroll e, incluso, dentro de nuestro panorama nacional, a Leopoldo Alas Clarín.

Alors, commençons!

Conviene recordar ¿qué es un clásico? Son muchos los autores y autoras que han definido el concepto, pero quizá, por la amplitud de definiciones, convendría quedarnos con aquellas que nos enumera (de nuevo recurro a él) Italo Calvino en su ensayo “¿Por qué leer los clásicos?”:

  1. Leer por primera vez un gran libro en la edad madura es un placer extraordinario: diferente (pero no se puede decir que sea mayor o menor) que el de haberlo leído en la juventud.
  2. Se llama clásicos a los libros que constituyen una riqueza para quien los ha leído y amado, pero que constituyen una riqueza no menor para quien se reserva la suerte de leerlos por primera vez en las mejores condiciones para saborearlos.
  3. Los clásicos son libros que ejercen una influencia particular ya sea cuando se imponen por inolvidables, ya sea cuando se esconden en los pliegues de la memoria mimetizándose con el inconsciente colectivo o individual.
  4. Toda relectura de un clásico es una lectura de descubrimiento como la primera.
  5. Toda lectura de un clásico es en realidad una relectura.
  6. Un clásico es un libro que nunca termina de decir lo que tiene que decir.
  7. Los clásicos son esos libros que nos llegan trayendo impresa la huella de las lecturas que han precedido a la nuestra, y tras de sí la huella que han dejado en la cultura o en las culturas que han atravesado (o más sencillamente, en el lenguaje o en las costumbres).
  8. Un clásico es una obra que suscita un incesante polvillo de discursos críticos, pero que la obra se sacude continuamente de encima.
  9. Los clásicos son libros que cuanto más cree uno conocerlos de oídas, tanto más nuevos, inesperados, inéditos resultan al leerlos de verdad.
  10. Se llama clásico a un libro que se configura como equivalente del universo, a semejanza de los antiguos talismanes.
  11. Tu clásico es aquel que no puede serte indiferente y que te sirve para definirte a ti mismo en relación y quizás en contraste con él.
  12. Un clásico es un libro que está antes que otros clásicos; pero quien haya leído primero los otros y después lee aquél, reconoce en seguida su lugar en la genealogía.
  13. Es clásico lo que tiende a relegar la actualidad a categoría de ruido de fondo, pero al mismo tiempo no puede prescindir de ese ruido de fondo.
  14. Es clásico lo que persiste como ruido de fondo incluso allí donde la actualidad más incompatible se impone.

Centrándome en blogs literarios que se hacen etiquetar de románticos, gana por goleada nuestra gran amada Jane Austen, a la que por cierto conocí casi siendo ella un bebé, ya que una de mis propiedades se encuentra en Hampshire…

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¡Céntrate, Percy!

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Lo primero que me gustaría advertir a las autoras de esta “reseña” es que no puede ser que el resumen del libro (al menos hay cuatro párrafos más anteriores a los que se ven en la foto) ocupe más que la opinión personal a no ser, claro, que haya poco que decir… Aparte de alguna que otra falta de concordancia, mala redacción o uso incorrecto de los signos de puntuación, dejar claro que Jane Austen escribe bien, y usar una mayúscula no sé a santo de qué, les pregunto: ¿realmente no hay otras cosas que les hayan llamado la atención de la gran novela que han tenido entre sus manos, “Orgullo y Prejuicio”, más que los bailes, los vestidos y los modales? ¿No les ha llamado la atención el cómo su autora nos desvela el mecanismo de la economía de género, el cómo eran educadas las mujeres o cómo asoman las primeras señales del intento de individualización femenina en la sociedad contemporánea?

También me llama la atención eso de que esperaban una historia de amor “épica”. Si no es épico luchar contra una sociedad y, sobre todo, contra una madre que está y nos pone de los nervios, contra sus propios prejuicios, en el caso de Lizzy, y contra los convencionalismos y el orgullo, en el caso de Darcy, en un ambiente en el que la única tabla de salvación de las mujeres era casarse a toda costa, en la mayoría de los casos a costa de su felicidad, luchando contra las diferencias de clases sociales y haciendo triunfar el amor romántico… mmmmmm, entonces no sé qué definición me darían del adjetivo “épico”.

En otro blog nos señalan lo siguiente:

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Acepto, querida dama, que le haya parecido lenta, o que le dé esos tres puntitos, pero es eso de “políticamente correcta” lo que me chirría y, por cierto, fue escrita en 1813 (comienzos del XIX, si así lo prefiere).  Una novela que, en principio, tuvo que publicar anónimamente, no sólo por el hecho de ser una mujer la escritora, sino por la ironía, el sarcasmo y esa pluma tan fina de la que mi querida Jane hizo uso. Esto también va por la próxima captura, que reseña “Persuasión”:

Captura de pantalla 2015-12-09 18.55.23Y aquí viene la traca final sobre Jane Austen:

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Respeto, por supuesto, que le haya parecido un aburrimiento, aunque no lo comparta. Ahora, messie, o mejor “caballerete”, ¡ha llegado el momento de meterle el florete en el ojo! No sólo basa su opinión en NADA, sino que se merece entrar directamente en el fondo del armario de su casa y aparecer directamente no precisamente en Narnia. Si usted no es capaz de ver más allá de su propia nariz, no pretenda juzgar lo bueno o malo de una historia por su ineptitud a la hora de valorar una sociedad de hace más de doscientos años con los valores y la moral de la actual. Si no es capaz de entender las personalidades de los protagonistas y secundarios de la novela y los sentimientos que los mueven a hacer y a luchar como lo hacen, entonces, señor mío, le recomiendo que se ponga a leer las etiquetas de cualquier champú. Y por cierto, sería tonto gastarse dinero en cualquier novela de Jane Austen, cuando las puede encontrar en cualquier colección de clásicos gratuitos (hay malas y buenas ediciones), ya que es patrimonio de todos…, no la hará más rica si no lo hace, la pobre Jane murió ya hace unos años y sin nadie que herede sus derechos. CRÉTIN!

Sobre “Amor y amistad”, una serie de relatos cortos de una joven Srta. Austen leo lo siguiente y mejor dejo el resto:

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Le toca el turno a las Brönte, excepto a la pobre Anne, como ya dije. Frases como: “ Nunca he sido muy aficionada al género romántico y las novelas de autoras como Jane Austen o las hermanas Brönte me inspiraban ser bastante pastelosas”, “la narración de las Brönte no va conmigo”, “Cumbres Borrascosas… un culebrón de personajes odiosos”. Respecto a Charlotte, nuestra reseñadora indica que “es dada a escribir con florituras y frases sintácticamente complejas”. Mi querida damita, realmente me asombra… y no digo más.

Y llegamos a nuestro trío de autores: Stendhal, Lewis Carroll y don Leopoldo Alas.

Le Rouge et le Noir (Rojo y Negro) escrito en 1830 por Henri Beyle, más conocido por Stendhal:

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MMM… volvemos a tener problemillas de fechas. Veamos, no es difícil, ya sea por el calendario Juliano (vigente en esta Europa nuestra hasta 1582) o por el calendario Gregoriano (que sustituye al anterior) hoy estaríamos a 26 de noviembre, según el primero, o a 9 de diciembre, según el segundo, pero siempre en 2015, con lo que el cómputo de siglos es realmente el mismo. Si nuestro querido amigo Henri escribió “Rojo y Negro” en 1830, eso quiere decir que la novela fue escrita en el siglo XIX.

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No sé si el verbo “chafar” es muy correcto para ser usado en una reseña literaria, pero ya saben que yo muero por criticar… Lo que sí encuentro un poco desafortunado es el uso de la conjunción coordinada adversativa “pero” con “me lancé a él un poco temerosa”. De cualquier manera, un bravo por esta lectura, aunque el prólogo le haya fastidiado un poco la misma.

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En cuanto al tema de los personajes, ma chérie, si algo caracteriza precisamente a la novela es eso, la existencia de unos personajes que lleven el peso de la historia, si bien es verdad que podemos encontrar algún que otro ejemplo (muy pocos) de “intentos” de novela sin personajes, como “Finnegans Wake”, escrita por el irlandés y gran escritor James Joyce. Me gustaría recalcar, es preciso hacerlo, y redundo de nuevo en la idea de aplaudir y alegrarme por la lectura y reseña de esta novela, que como muy bien nos dice Atthis, es una novela psicológica, donde la introspección de los personajes es fundamental para poder avanzar en la historia.

Y ahora viajaremos a un ¿hermoso? país de la mano de Alicia, porque la siguiente reseña trata sobre “Las aventuras de Alicia en el país de las Maravillas”; por cierto, le recomiendo a la damita que hace la reseña, que lea esta guía práctica para sumergirse en el mencionado cuento, aparecida en “El País, Verne” con motivo del 150 aniversario de la publicación del libro; y, como me siento generoso, le indico donde descargarse (legalmente) un dossier sobre la lectura de “Alicia en el país de las maravillas”, ya que observo que, si bien ha captado las superficie de la historia, necesita algo de ayuda para poder enfrentarse a ella con ciertas armas que, seguro, le harán mucho más llevadera el disfrute de la lectura, pudiendo entender muchas de las situaciones y el significado de los personajes. Lewis Carroll no es fácil de interpretar, aunque a usted se lo parezca. Por favor, dele una nueva oportunidad a Alicia.

AÑICIA EN ELÀIS DE LAS MARAVILLAS

He querido dejar para el final a uno de nuestros orgullos patrios en el panorama de la literatura: Don Leopoldo Alas “Clarín”, y a su hermosa novela “La Regenta”, más que nada porque las siguientes capturas de pantalla (tomadas de Goodreads) lo ponen, como vulgarmente se dice, a caldo. Pasen y vean.

LA REGENTA 01

Los peros son los de siempre: ortografía, gramática, redacción, puntuación… Y luego, me encanta eso de “media Vetusta se la camelaba”, “Don Fermín… que se zumba a la otra media Vetusta”. Francamente, creo que con los libros que se venden últimamente, con ese “puterío” fino y del chabacano, ahí le hace un favor a don Leopoldo; ¡ya verá, ya, cuando se enteren esas hordas de lectoras que miden las novelas por la cantidad de sexo que aparece en ellas! Claro, que luego hay un penoso sector que se muere por los huesos de hermanas que se enamoran de hermanos, de madres que aman “demasiado” a sus retoños, de detergentes y suavizantes que no sacan las manchas, etc., en fin, que de todo hay.

LA REGENTE 02

¡Ay, don Leopoldo, qué poca vista tuvo usted al no hacer una novela sobre nuestra “opinadora”! Creo que, en el fondo, se siente celosa, porque si no es así, no entiendo muy bien qué perra ha cogido esta chica con ser ella la protagonista de la novela.

Queridas mías, les invito a que prueben a ir más allá de lo que en principio han visto; además de los conflictos personales, “La Regenta” ofrece una visión de los conflictos sociales, políticos y morales que se desarrollan en la sociedad de aquel tiempo, centrándolos en los habitantes de Vetusta.

Y hasta aquí ha llegado mi regreso. Pero, antes de despedirme, quiero volver a indicar que la mayoría de estos lectores han sido valientes al acercarse a los clásicos y, aún más, al dar opiniones negativas en algunos casos. No les dé, queridos amigas y amigos, miedo a opinar, ahí reside la verdadera esencia del ser humano, lo que sí le aconsejo, y esto va para todo bloguero de este universo virtual, que aprendan a escribir, a usar correctamente las reglas gramaticales y la sintaxis, la ortografía y, sobre todo, a argumentar. Los libros, como todo en este mundo, nos pueden gustar o no, pero si damos una recomendación en cualquier sentido sobre la lectura de uno de ellos, por favor, no me vale que el protagonista enamore, que la protagonista sea poco o mucho casquivana…, no se queden en lo superfluo.

Por cierto, si quieren ver cómo NO HACER una video-reseña de cualquier libro, clásico o no

Y ahora sí, Mesdames et messieurs, bonsoir.

La Pimpinela nunca descansa.

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